viernes, 16 de julio de 2010

de viernes noche

LLegar a casa, portal 70. La calle está infestada de almas jóvenes con latas de cerveza y tacones de palmo. Busco las llaves en el bolso y no acierto a abrir la puerta a la primera, como de costumbre. En el rellano la luz proviene de un viejo candil que hace las veces de lámpara y que parece sacado de algún palacio francés. Subo las escaleras y entro en mi casa. La luz del pasillo sigue estropeada y tanteo la pared gracias a los reflejos naranjas que se cuelan desde la farola de la calle. Silencio. Todo el mundo duerme. Mi habitación se encuentra un poco desordenada, de ese tipo de desorden que se genera justo antes de prepararte para salir a tomar algo con los amigos y pruebo la ropa que me voy a poner, decido, pruebo de nuevo, decido y al final elijo con cierta desgana, por puro aburrimiento esa falda negra y una camiseta cualquiera, pues hoy no hay inspiración. Enciendo la mesita de noche y la lámpara del escritorio (alguna vez he mencionado que tengo una peculiar obsesión con las lámparas? Me encantan, me embelesan y no sé exactamente por qué.) Me pongo cómoda: me lavo la cara con jabón, me planto una camiseta de tirantes y lleno un gran vaso de agua (que siempre termino bebiendo por el pasillo, camino de la cocina a mi habitación. Y luego tengo volver a llenarlo). Levanto la tapa del ordenador, miro el correo, respondo algún mail y releo cosas que he escrito anteriormente y que me suenan completamente diferentes. Qué cosas, que verdad es aquello de que la misma historia en un momento distinto ya no es la misma historia. Me sorprendo. Coloco la almohada contra la pared y me siento sobre la cama con las piernas entrecruzadas como los indios. Enciendo un cigarrillo. Y pienso sobre mí. Pienso en este preciso instante, en la circunstancia en la que me encuentro. Y sonrío. Y me digo a mí misma que todo lo que acabo de vivir tiene una extraña belleza que me abruma. Decido escribirlo, narrar lo poco de especial que tienen algunos momentos tal y como los vemos diariamente...y lo bellos que son en realidad.
La soledad de una habitación, el ruido del ventilador y de las teclas que estoy pulsando. El sonido de mis labios cuando dan una calada al cigarrillo y cuando expulso el humo de forma intermitente. Quizás es que yo me conformo con poco, pero creedme, tampoco me conformaría con menos.


Buenas noches.
De viernes noche.
De humo intermitente.
De almohadas empapadas de sueños.
De vasos de agua en la mesilla.
De libros y ropa por el suelo.
De imaginar que quizás alguien pueda estar pensando en mí.
De pensar en otro, quizás.











(soy una ñoña)

4 comentarios:

  1. Espero que alguna vez sepamos apreciar la belleza de los momentos humanos para no caer en la decadencia de lo superfluo.
    :)

    (Qué bonito texto el tuyo)

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  2. Me ha encantado la entrada jijiji, yo también disfruto con estas pequeñas cosas, con decirte que hace un rato estaba felíz viendo un montón de rotuladores de colores sobre la mesa y papel para pintar muñequitos :) O leyendo un libro con una buena banda sonora de fondo.
    Te leo a menudo.

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  3. (naaa, no me parece nada ñoño)

    saludos!

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